«La metamorfosis interna, el arte sagrado de morir para renacer.» Cartografía de una Crisálida nº 4

Cartografía de una Crisalida nº 4

Una columna de Ana Atabey

¿Por qué nos cuesta tanto aceptar la pérdida como parte natural de la vida?

A lo largo de los años, nos enfrentamos a numerosas pérdidas: pérdidas emocionales relacionadas con: fracasos, limitaciones, inseguridades, el crecimiento de los hijos, la pérdida de la complicidad con la pareja, las pérdidas de un cuerpo menguante que deja de ser el mismo, la pérdida de unos padres que se han hecho mayores y entran en un proceso de deterioro que implica atención, cuidado y tiempo, la pérdida de un trabajo, la pérdida de dinero, la pérdida de una casa, de un status o posición social … 

Vivimos en una sociedad que alimenta el ansia de “poseer y tener” pero que no enseña a enfrentar el desconsuelo que produce el dejar ir (ya sea persona, mascota, objeto o circunstancia) antes presente.

Una sociedad que valora la acumulación, la permanencia y el control, por ello la pérdida nos resulta tan incómoda, porque nos recuerda “la fragilidad” que descansa en todo lo que creemos tener asegurado y nos confronta con la incertidumbre que intentamos evitar. 

¿Qué puedo descubrir en mí cuando dejo de resistirme y permito que la vida siga su curso?

Aceptar la pérdida como algo natural es reconciliarnos con el sentido mismo de la existencia, que constantemente nos invita a soltar para poder renacer, en un acto de confianza profunda. 

Cuando se suelta, se abre un espacio para que la vida se renueve y nos muestre nuevas formas de ser, sentir y percibir: el corazón se ensancha, la mente se aquieta y surge una comprensión más serena, porque no todo lo que se va nos deja vacíos, a veces, nos deja más ligeros para continuar el camino.

¿Cómo puedo agradecer y despedir lo que termina sin miedo a lo que viene?

Cerrar un ciclo es un acto de amor y de reconocimiento, significa mirar lo vivido con gratitud, honrar lo que nos enseñó y permitir que siga su curso sin retenerlo. Muchas veces tememos “el final” porque lo asociamos con vacío, pero en realidad, cerrar es una forma de integrar, es decirle a la experiencia: te vi, te sentí, aprendí de ti

Cada cierre contiene en sí la semilla de un nuevo comienzo, agradecer lo que termina no significa negar el dolor, sino reconocer que en todo final habita una posibilidad de renacimiento, si aceptamos el ciclo completo —nacimiento, plenitud y cierre— se puede vivir con mayor presencia y confianza en la continua transformación de la vida.

¿A qué sigo aferrándome aunque sé, en el fondo, que ya es momento de soltarlo?

Aferrarnos a lo que ya cumplió su propósito es una forma de intentar detener el curso natural. 

Lo hacemos por miedo: miedo a lo desconocido, a la soledad, a la incertidumbre que deja lo que se va, encontrando en todo apego una lección sobre la confianza y la libertad. 

Cuando nos atrevemos a mirar de frente aquello que no queremos soltar, descubrimos qué necesidad profunda está pidiendo ser reconocida: seguridad, amor, pertenencia. Al hacerlo, el vínculo deja de ser una cadena y se convierte en un espejo que nos enseña a amarnos con más madurez y conciencia.

¿Qué partes de mí están listas para transformarse para que pueda convertirme en quien soy realmente?

El cambio es una invitación constante de la vida a reconocernos de nuevo. 

A veces aparece como una crisis, una pérdida o una incomodidad que nos empuja a mirar hacia adentro, lo viejo comienza a agrietarse no porque hayamos fallado, sino porque una parte de nosotros está lista y entregada al cambio, (tal como la oruga que, sin entender del todo, entra en la crisálida) nosotros también necesitamos esos espacios de transformación silenciosa donde lo que fuimos se disuelve para dar paso a lo que podemos llegar a ser.

Cada transformación, por más desafiante que parezca, es un recordatorio de nuestra gran capacidad latente, para renacer una y otra vez. 

Hoy te propongo un ejercicio de escritura integradora, “La carta desde el umbral”, te invito a conservar esta carta, como testimonio de tu tránsito y tu renacimiento. 

Duración: 15–20 minutos
Material: Cuaderno y bolígrafo (o el medio que prefieras para escribir a mano).

  1. Cierra los ojos unos instantes y realiza 3 respiraciones profundas. Imagina que te encuentras en un umbral: detrás de ti, el ciclo que termina; frente a ti, la nueva versión de ti que empieza a gestarse.

  2. Desde ese lugar, responde a esta pregunta, ¿qué parte de mí está pidiendo ser honrada, no por lo que perdió, sino por lo que aprendió a través de esa pérdida?

No busques coherencia lógica: deja que las palabras surjan, aunque sean fragmentos, imágenes o sensaciones.

  1. Cuando termines, lee en voz alta lo que has escrito. Al finalizar, escribe una frase de cierre que comience con:

  A partir de hoy, elijo honrar mi metamorfosis recordando que…

Si este ejercicio te movió o te ayudó a ver algo de ti, me encantaría leerte. 

Puedes compartir una frase, una sensación o lo que haya surgido al escribir tu Carta desde el umbral, escribiéndome un mensaje a anaatabey@gmail.com