» Habitarme sin prisa «. Cartografía de una crisálida nº 2

Mirando alrededor, todo está lleno, extremadamente saturado con una densa sobrecarga de imágenes, sonidos y estímulos.

Observo cómo todo se mueve en la inmediatez, a gran velocidad, sujeto a prisas, generando exceso y vértigo porque llenamos el tiempo y el espacio para no pensar, para no sentir. Parece que el vacío se ha vuelto incómodo, incluso insoportable, intransitable.

Esta aversión cultural al silencio y al no-hacer tiene su origen en la expresión latina: horror vacui, el miedo al vacío. Característica común que aparece en varios estilos artísticos a lo largo de la historia, como el barroco, el arte islámico y el arte bizantino; en la vida cotidiana, es la compulsiva necesidad de llenar cada segundo con: listas, metas, objetivos, contenido, actividades, pensamientos, planes y ocupaciones, mientras nos movemos a ritmos frenéticamente acelerados por ocupar: cada segundo, de cada minuto, de cada hora que compone un día, permaneciendo absortos, distraídos, adormecidos, evitando atender y escuchar, nuestras emociones. Esta situación conlleva una profunda desconexión de nosotros mismos.

Este aislamiento, alimenta el sufrimiento y la contracción, no es solo individual, es cultural y social, nos empuja a ignorar nuestras necesidades, a rendir más y a sentir menos. En ese estado de crispación constante, la energía vital se congestiona, dejamos de fluir, abriendo las puertas a la enfermedad y al malestar. El cuerpo no miente. Cuando vivimos desapegados —de nuestra respiración, de nuestro sentir, de nuestros ciclos— el cuerpo grita lo que la mente calla. El estrés crónico, la fatiga, los trastornos del sueño, la ansiedad, todas ellas son alertas a las que hay que prestar atención. Son los síntomas de una vida vivida hacia afuera, sin anclaje interior.

Reconectar consigo mismo es medicina existencial.

Volver al cuerpo, volver al presente, al ahora -recordando que somos organismos vivos y no máquinas- es una profunda decisión de autocuidado. La presencia del “si mismo” en el mundo no es un estado idealizado, es un estado que se ejercita desde la generosidad, los cuidados, la permanencia en los afectos, y el buen tono en el trato con uno y los demás.

Existe un “vacío desde el silencio” que es territorio fértil para aprender a vivir y observar la vida. Quizás pueda producirnos temor, inestabilidad o inquietud, porque es un espacio en el que nos encontramos a solas con nosotros mismos, sosteniéndonos. Aparece la verdad de lo que somos. En el lenguaje del silencio se descubren los mayores secretos jamás contados.

¿Por dónde empezar? Pausa, aquieta y silencia la mente. Pausar no significa detener la vida, sino ralentizar para sentirla, aquietar no es apagar el mundo, es abrir espacio para escucharlo desde otro lugar, silenciar no es callar por dentro, sino dejar de identificarnos con pensamientos y emociones del yo.

 

En el silencio la crisálida empieza a formarse, es donde lo viejo se disuelve y lo nuevo aún no tiene nombre. Allí, en ese intermedio sagrado, comenzamos a recordarnos, no como conceptos, ni como roles, sino como una experiencia encarnada de Ser. Empieza por una pausa, por una respiración y por el silencio.

 

Hasta aquí esta página de nuestra cartografía compartida. Te comparto una invitación para que sigas elaborando tu propio mapa hacia dentro: ¿Qué mapa interior necesitas redibujar para habitar con más presencia este momento de tu vida?

Que esta cartografía se trace con muchas voces, muchas miradas, muchas almas en movimiento,

Te abrazo desde la escucha y el cuidado, Ana.

Email:  anaatabey@gmail.com